Más allá de los memes, el desconcierto inicial, las noticias falsas y los cambios repentinos en nuestros hábitos, lo real es que el coronavirus golpeó fuerte los sistemas sanitarios, educativos y económicos. De pronto, salieron a la luz todo tipo de situaciones, como cuando una olla hirviendo se destapa.
Es real que las desigualdades y las injusticias económicas del sistema están a flor de piel, ahora más que nunca (ver Evangelii Gaudium, 59-60). Es real también que se puede revertir paulatinamente esa tendencia si tenemos una mirada espiritual y generosa en acciones, según nuestras posibilidades. Porque el proyecto del reino de Dios consiste en hacer “un mundo más sano, justo, solidario y dichoso para todos” (José Antonio Pagola, 2014).
Como cristianos, no podemos permitirnos que haya hermanos con hambre si nosotros tenemos de más (Lucas 3, 11). Siempre debió ser así, pero a veces el egoísmo, el ritmo de vida acelerado y un largo etcétera nos hicieron olvidar de la comunidad, nos paralizaron o ni siquiera tuvimos tiempo de parar a mirar quién pedía qué. Pero las ollas vacías hoy son también prioridad de los laicos.
¿Es difícil cambiar el mundo y renovar sus estructuras? Obvio que sí. Sin embargo, está en nuestras manos colaborar con ese proyecto de Jesús en las pequeñas cosas, para cambiarle el mundo a alguien; también podemos llevar este mensaje y contagiar de solidaridad a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, ¿por qué no? Así lo entendieron Angelelli, el beato Wenceslao Pedernera que era de la Acción Católica y tantas otras personas de buena voluntad.
El compromiso cristiano sólo se hace carne cuando se comparte el pan y se abraza calurosamente toda la vida del otro. De eso habla Pagola cuando señala tres grandes tareas para asumir ese compromiso: “curar la vida sanando heridas, aliviando el sufrimiento y potenciando una vida siempre más digna; acercarse a los más pobres, olvidados e indefensos, exigiendo y promoviendo justicia; trabajar por una sociedad más acogedora en la que no se olvide a los más débiles y donde la mujer tenga los mismos derechos y dignidad que el varón”.
¿Qué podemos hacer hoy, más allá de lo que ya venimos haciendo? No podemos ser tibios ni mirar para otro lado.